Genealogía de un Pícnic, por Víctor López-Rúa.

                                                GENEALOGÍA DE UN PÍCNIC

“Estaba la mujer, estaba el chico, rígido el árbol sobre sus cabezas”

Las babas del diablo. Julio Cortázar

Excursión campestre. Óleo sobre lienzo. 150x100cm. 2015

Pícnic. Óleo sobre lienzo. Víctor López-Rúa, 2015.

El fotógrafo chileno Sergio Larraín (Queco), sedujo con sus fotografías a la sociedad de la década de los sesenta. Su obra, de una intensidad poética nacida de un uso magistral de la geometría del encuadre, de la luz, y de una comunión transcendente con el modelo, pronto fue comprada por el MOMA. La mágica visión de las niñas clónicas de Valparaíso o las imágenes del metro de Londres son iconos de la historia del arte, y su figura se engrandece por momentos, a pesar de no estar entre nosotros desde 2012 y aunque hace mucho que no estuviese como artista, porque decidió abandonar su rectángulo -así llamaba a su cámara- y a la mítica agencia Magnum en los setenta para recluirse, como un ermitaño, en un recóndito pueblo de Chile. Pero hay algo más en su extraordinaria obra que acrecenta su leyenda, porque su nombre, aunque sin ser consciente de haberlo provocado, alumbra uno de las grandes diálogos artísticos interdisciplinares del siglo XX.

France. Paris. The Chilean photographer Sergio LARRAIN.

Sergio Larraín, 1967. © René Burri / Magnum Photos

Y todo empezó por un paseo parisiense en los alrededores de Notre-Dame; sus ojos e inteligencia pendientes de un tema que fijar en la cámara. Y lo capta, pero luego, en la oscuridad del laboratorio, el revelado muestra imágenes anodinas: no hubo buena caza. Sin embargo, algo llama su atención en una de aquellas instantáneas y decide ampliarla. La escena ahora es más clara, en un rincón una pareja está follando. Sucede en 1959, y Cortázar, parisino de adopción y amigo de El Queco, se pasa una tarde por su taller. El relato le impacta y crea otro relato: “Las babas del Diablo”. En él Robert-Michel -o Queco-, fotógrafo aficionado, contempla en una plaza una secuencia de imágenes donde una mujer de mediana edad conversa con un adolescente en una actitud impropia, extraña; le acaricia la cara y el chico parece incómodo: “Curioso que la escena tuviera como un aura inquietante”. Robert-Michel fotografía la escena y la mujer lo descubre; amenazándole, se acerca presurosa a pedirle el negativo. El chico huye y el fotógrafo abandona el lugar. Ya en su casa, Robert-Michel amplía la imagen que revela un significado más infame que el que había imaginado. Cortázar publica “Las babas del diablo” dentro de su libro de cuentos “Las armas secretas”. Es un éxito. Michelangelo Antonioni, el gran director de cine italiano, se queda impresionado por la historia y proyecta una película producida por Carlo Ponti: “Blow-Up”, estrenada en nuestro país como “Sueño de una noche de verano”. Palma de oro en Cannes. Del relato, Antonioni se interesa especialmente por el entramado tecnológico que sustenta la escena de la ampliación fotográfica como método para acceder a otra realidad. El resto de la película nada tiene que ver con el argumento de Cortázar.

Fotograma de Blow-Up

Fotograma ‘Blow-up’, Michelangelo Antonioni, 1966.

Aunque sí, también está la mujer que quiere recuperar el negativo. En Blow-Up –ampliación en inglés- la recreación del desarrollo técnico del revelado desvela un asesinato, no obstante, como en Cortázar, ignoramos si se trata de realidad o ficción, sueño o vigilia, o si solo estamos ante una invitación a penetrar en los laberintos del espacio del arte y su lenguaje simbólico. Pretencioso: 1. adj. Presuntuoso, que pretende ser más de lo que es. No pretendo serlo al describir el camino que me llevó a la obra “Pícnic”, 2015. Pero no fue lineal: primero Blow-Up, después varios ensayos sobre la película y su relación con otras obras posteriores. A continuación, un paseo por el Parque del Retiro y el relato de Cortázar. Y por fin, Silvia, el Jardín de la Saleta y el púrpura del “Arbutus Andracnoides” -rígido el árbol sobre nuestras cabezas-. En el parque madrileño, una mujer joven enfocaba con una reflex el rostro de su novio, casi rozándolo y mientras dormía sobre el césped ¿O estaba muerto y nadie se daba cuenta? Fue un instante no registrado por dispositivo alguno, pero si fotografiado sin cámara y fijado en mi memoria, como solía fotografiar en sus últimos años el “Queco” Larraín. Solo yo me sentí capturado por la escena y me llevé el secreto al estudio. La mujer de Blow-Up fotografiaba al hombre tendido sobre la hierba, ignorando que, a su vez, otro testigo la observaba para trasladarla al lienzo. Fotografía, literatura, cine y, finalmente, la pintura. Siempre la Pintura.

                                                                                                                                                                   Víctor López-Rúa.

Pazo de S. Martiño de Horto. Abril de 2017

Lopez rua biiografia

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